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Una peculiar geometría política

Por: Efraín Quiñonez León Con el fallecimiento de, Luis Echeverría, expresidente de México para el periodo 1970-1976, vuelve a poblarse de visiones maniqueas el espacio de los medios de comunicación. En efecto, los ánimos están tan caldeados en el ambiente político que fácilmente se configuran bandos entre detractores y partidarios. En parte, el gobierno de […]

Efraín Quiñonez León

14 julio, 2022

Por: Efraín Quiñonez León

Con el fallecimiento de, Luis Echeverría, expresidente de México para el periodo 1970-1976, vuelve a poblarse de visiones maniqueas el espacio de los medios de comunicación. En efecto, los ánimos están tan caldeados en el ambiente político que fácilmente se configuran bandos entre detractores y partidarios. En parte, el gobierno de la república ayuda a este escenario, pero también contribuyen quienes se han sentido desplazados y, además, conservan, como también contribuyen al escenario demencial que caracteriza sobre todo el debate público.

 

Quienes están en contra de López Obrador, con frecuencia los descalifica no solamente su oposición legítima, sino particularmente el desprecio y sobre el todo el lenguaje que raya en la soberbia de quienes se siente superiores en términos de clases sociales e igualmente en términos morales. Con otras palabras, un segmento muy importante de la población, sobre todo de los más acomodados, no se sienten identificados con un gobierno que los desprecia y responden de la misma forma. No están acostumbrados a poner la otra mejilla pese a que comulgan todos los domingos.

 

Sin embargo, las comparaciones podrían eventualmente ser útiles, todo depende de los términos en que ella pueda darse. En teoría social es común usar ese tipo de métodos para distinguir avances y retrocesos sociales o de otra naturaleza. La pregunta es: ¿Qué hace distinto a un gobierno del que hayamos tenido en otras épocas? De hecho, el presidente López Obrador utiliza esta estrategia con el fin de señalar los alcances de su gobierno. Por ello se compara con los héroes de la independencia, la reforma y la revolución. Cree con justa razón que son etapas históricas que han resultado significativas para la vida del país, en tanto que se alcanzaron metas importantes en términos sociales, políticos, económicos y culturales. Es muy pronto para valorar en qué medida su gobierno y las medidas que ha tomado se asemejan a aquellos periodos históricos mencionados. Lo cierto es que existen claroscuros y no se pueden descalificar, como tampoco aceptar por consigna todo aquellos que ha hecho este gobierno.

 

Tienen razón quienes piensan que, tal y como se ha venido dando el debate político en estos días, no es posible o resulta un despropósito monumental comparar los gobiernos de Echeverría con el de López Obrador. Iniciando con lo más sanguinario, la administración del presidente Obrador no ha reprimido a ningún movimiento de protesta, cosa que sí caracterizó al de Echeverría y por lo cual ha sido despreciado a lo largo de su longeva carrera política. Echeverría fue uno de los principales responsables de la represión contra movimientos sociales de protesta; en particular, de los estudiantes y el movimiento guerrillero que prácticamente exterminó. En esto, por supuesto que nada que ver con Obrador. Y, sin embargo, hoy es el Ejército una de las principales instituciones tanto en labores de seguridad pública y se instituye como principal protagonista en la realización de obras de infraestructura de gran envergadura que este gobierno ha emprendido.

 

El gobierno del presidente Obrador igualmente ha sido cauto en el manejo de las finanzas públicas, aunque es verdad que sus proyectos de obras emblemáticos pudieron haberse modificado en sus alcances frente a la pandemia. Por el contrario, la administración del presidente Echeverría terminó en el escándalo debido al mal manejo de las finanzas que impactó el tipo de cambio y el agravamiento de las condiciones económicas internas. 

 

En términos políticos, también los contextos y los actores son diferentes. Para empezar, Echeverría llega al poder por las vías acostumbradas y las prácticas que caracterizaban al régimen autoritario de partido casi único. En efecto, LEA resulta candidato y luego presidente de la república por decisión de su antecesor, Gustavo Díaz Ordaz. El PRI era el todopoderoso partido del Estado, carecía de contrincantes realmente fuertes que pudieran hacer algún tipo de contrapeso y, lo que es peor, las instituciones electorales estaban bajo el control del propio gobierno en turno. Bajo esa lógica, era prácticamente imposible cualquier tipo de contraste. Con otras palabras, en esta época el PRI podía poner a cualquier candidato y no existía poder humano que se opusiera a su triunfo.

 

López Obrador, pese a sus críticas al INE, llega al poder porque previamente se venían realizaron cambios al sistema político mexicano. El Congreso empezó a tener una expresión cada vez más plural, sobre todo a finales de los 90; más aún cuando Cuauhtémoc Cárdenas gana la jefatura del gobierno de la Ciudad de México y en 1997 el PRI pierde la mayoría en la Cámara de Diputados. Previamente se habían desprendido del gobierno la organización de las elecciones y para ese entonces ya existía el IFE, como organismo autónomo con ese propósito.

 

En el régimen de Echeverría era la corrupción la que aceitaba la maquinaria, mientras que con López Obrador se intenta detener esa sangría de recursos que no solamente exprimía (y exprime aún todavía, pese a los dichos presidenciales actuales, aunque algo se ha hecho a nivel de los grandes capitales que no solamente extraían rentas del erario público sino que, además, se beneficiaban con la condonación de impuestos) al ciudadano común sino que, también, mermaba los recursos del propio estado.

 

Pese a las diferencias, hay algunas cosas en que ambos estilos de gobierno si no se parecen, al menos muestran algunas semejanzas. Las matriz de su cultura política es priista, de modo que existen algunas prácticas que tienden a asociarlos. Para empezar el carácter autoritario de ambos y la incontinencia verbal que a menudo muestran en el debate político es un elemento que resulta casi natural en ambos. También, se desempeñan con un estilo provocador. Como buenos apostadores, siempre ponen su resto sobre la mesa y con frecuencia ganan o neutralizan a sus rivales. Luis Echeverría, después de haber sido parte principalísima de la represión a los estudiantes durante el movimiento de 1968, en abierto desafío a los agravios de los universitarios se presentó en la UNAM y de la cual fue literalmente corrido a pedradas, mientras lanzaba invectivas a los estudiantes: “así se comportaban las juventudes nazis en Alemania”, decía. El presidente Obrador utiliza las mañaneras para fustigar a sus oponentes y tampoco ahorra adjetivos para descalificarlos. Es verdad que el contexto es muy distinto, pero la postura ofrece similitudes.  

 

Frank Tannenbaum, en su caracterización de la clase política mexicana comentaba que su peculiar proclividad al sueño de trascendencia a través de obras faraónicas la describía de cuerpo entero. De los años en que escribió a principios del siglo XX a estas alturas su diagnostico todavía se sostiene en algunos casos. Durante su mandato y más allá de este, Echeverría siempre contempló la idea de constituirse en el principal líder latinoamericano de los países del llamado Tercer Mundo. Con algo menos de jactancia, el presidente Obrador ha sido solidario con las luchas populares y con los gobiernos emanados de la izquierda latinoamericana, mas no parece ambicionar un liderazgo que lo proyecte a ocupar cargos en los organismos internacionales.

 

Si en la administración del presidente Echeverría vivir fuera del presupuesto era considerado un error, el presidente Obrador ha emprendido una especial cruzada en contra del dispendio aplicando una política de estricto control presupuestario en lo que se refiere a los salarios de la alta burocracia. A pesar de que dicha política es popular entre los mexicanos y contribuye a que el presidente Obrador goce de un alto nivel de aceptación entre los ciudadanos, estas medidas encuentran dificultades en el resto de las instituciones del Estado, particularmente en los gobiernos estatales y municipales, donde los funcionarios reciben percepciones más altas que las del presidente.

 

Frente al desafío de la inversión pública en infraestructura, el presidente Obrador ha sido osado porque, por una parte, desde la campaña emprendió una férrea oposición del nuevo aeropuerto de la Ciudad de México que se construía en la zona de Texcoco (construcción que finalmente fue suspendida) y sustituyéndolo por la ampliación del aeropuerto militar de Santa Lucía. Por otro lado, emprende acciones importantes en materia de obras públicas, pues está prácticamente terminada en tiempo record la refinería de Dos Bocas, en Paraiso, en el estado de Tabasco; y con algunos retrasos se continúa la contrucción del tren Maya. Pese a que estos proyectos impactan en el empleo de la región sur-sureste del país, lo cual resulta positivo desde luego; existe una duda razonable de la viabilidad de estas iniciativas en el largo plazo cuando China está a punto de inundar de vehículos eléctricos el mundo y es por lo menos incierto que los turistas pretendan hacer una amplio recorrido de más de 1,500 kilómetros por tren, a fin de visitar la innegables bellezas de las zonas arqueológicas del mundo Maya. En este plano, quizás el gobierno de Echeverría palidezca, aunque emprendió acciones importantes en materia de infraestructura educativa, hidraulica y hubo un ambicioso programa de restitución de tierras a grupos campesinos que, finalmente, se vio ensombrecido por las dificultades en cuanto asistencia técnica e inversión, así como por la mala calidad de la tierras repartidas. Por cierto, ya desde esta época se detecta el problema del intermediarismo en la construcción de infraestructura carretera y, en teoría, se ensayan esquemas de inversión directa para evitarlo.

 

Es difícil sostener argumentos en contra de la política de combate a la pobreza tal y como la ha asumido el presente gobierno. Es un problema que ningún gobierno podía soslayar y la actual administración lo ha asumido con una enjundia digna de reconocimiento. Sin embargo, bajo el argumento de que existía mucho intermediarismo en la transferencia de los apoyos, el gobierno federal modificó la mecánica de distribución de los fondos de manera directa a través de los superdelegados. Aunque el diagnóstico es correcto, la solución para la dispersión de los recursos a fin de evitar la intermediación es cuestionable y lo que es peor, no se contruyen instituciones que, a la larga, puedan mantener estos apoyos más allá de filias y fobias políticas.

 

Se reconoce a la expresión política que hoy dirige el presidente López Obrador como si se tratase de un gobierno de izquierda. Aunque la geometría política está desgastada, pues en ocasiones los izquierdistas reconocidos públicamente terminan por simpatizar con políticas conservadoras, contribuye al debate de qué realmente puede asimilarse como una opción de izquierda. Sin desconocer muchas de las iniciativas de este gobierno, me temo que no necesariamente se le puede calificar de izquierda, si nos atenemos a las demandas más recientemente enarboladas por los movimientos sociales de vanguardia. En todo caso, este gobierno es parte de esa tradición política autocalificada de izquierda en el interior del viejo PRI, antes que una izquierda que apoya las causas más avanzadas de la sociedad. Ni por el lado de la diversidad sexual, ni por las justas demandas de la mujeres, como tampoco por lo ambiental, AMLO puede calificarse como un dirigente político de izquierda. En todo caso, su mayor contribución es combatir la pobreza, aunque sus métodos sean cuestionables, así como la corrupción, aunque suela dinamitar a los organismos autónomos que podrían eventualmente institucionalizar eso que tanto obsesiona al presidente.

 

Es verdad que estos gobernantes no son gemelos, ni que sus condiciones históricas sean las mismas. Tampoco se puede sostener con alguna dosis de certeza que uno pueda ser émulo del otro, pero ciertamente tienen algunos rasgos en los que pueden ser comparables, con las debidas reservas en cada caso.

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