Xalapa, Ver.- (AVC/Verónica Huerta) El centro histórico de la ciudad casi se quedó solo para ellos y ellas, ahora que hay menos transeúntes y carros, son más notables, así que sus gritos de exigencia, de ayuda, se alcanza a escuchar hasta el otro lado de la acera: Son los indigentes, que en fase 3 de la pandemia del Covid-19 siguen en la vía pública, enfermos, con adicciones, sin protección, sin higiene, y sin autoridad que los socorra.
Se ven por aquí y por allá, debajo del techo de algún edificio público, donde hay corredores para resguardarse de los soles quemantes, los aguaceros y granizadas que ha traído la primavera del 2020.
Algunos ponen cartones y plásticos para cuando cae la tarde acostarse sobre la banqueta, y otros solo se acomodan con las manos debajo del rostro como si fuera su almohada, y unos más se encojen, de ponen de lado, se pegan a la pared del edificio, y ofrecen la espalda a la calle, así como a ellos les han ignorado.
En un recorrido por el centro de la ciudad y el barrio de El Dique, se pudo conversar con los indigentes, la mayor parte de ellos superan los 50 años y están enfermos de diabetes, de hipertensión, de adicción al alcoholismo, al tabaquismo, a otras sustancias prohibidas, así también hay quienes perdieron el sentido de la realidad.
El virus del covid 19, no lo sienten como una amenaza para su salud o sus vidas, porque al perder a sus familias, perdieron esperanzas y miedos, y ahora su subsistencia depende de la caridad de las personas, y de los pesos que logren juntar para comprar aguardiente, cigarros, o thinner.
Las personas indigentes señalaron que ninguna autoridad del DIF municipal y estatal, o de Protección Civil municipal y estatal, les han ofrecido alimentos, un refugio o en su caso cubrebocas para protegerse del covid-19, así que no les queda de otra más que encomendarse a sus oraciones.
El originario de Pachuca de Hidalgo, de nombre José, refirió que llegó a Xalapa hace dos años, luego de que su esposa le pidió que se fuera de la casa.
“Me duele mucho mi corazón, se vale decirlo, no me escondo para llorar, me duele que mi esposa no me quiera” indicó José con edad de 55 años.
Parado en los pasillos externos de palacio de gobierno el hombre de oficio albañil, agregó que desde hace dos meses presenta tos seca, pero no cree que sea “el mal del coronavirus”, porque de tener esta enfermedad proveniente de Asia, entonces estaría “botado en la calle”.
José es amigo de otro hombre, del cual no sabe su nombre, pero lo llama “Tío”, porque se trata de un adulto mayor, que junto con él recorren las calles para pedir limosna y hasta encontrar un lugar con techo.
Otros de los indigentes son los hombres ubicados en diferentes puntos de la calle Rafael Lucio, dedicados a gritar “Denme una ayuda por favor”, “Una limosna por favor”, y otros más suenan unas latas para hacerse notar, o intentan tocar una filarmónica.
Ahí, un hombre que en su juventud se dedicó a vender nieves en las calles céntricas de la ciudad, ahora se sienta afuera de una tienda de ropa de la calle Lucio, para pedir ayuda.
“Mis hijos me dicen: Ya no trabajes, pero yo si vengo a pedir. Porque esto es un trabajo, pedir en las calles es trabajo, y es mi manera de ganar mi dinero, porque así tengo para mis gustos personales. Mis hijos me darán el pipirin, pero si se me antoja un pescadito, ¿Quién me lo compra?” afirmó.
Otro indigente, de nombre Lucio, y originario del puerto de Veracruz, estaba sentado en la banqueta, aun lado de la biblioteca Carlos Fuentes, señaló que ahí está parte del día, y es su lugar para dormir, y aunque desea alguna ayuda para comer, nadie se la da.
“¿Coronavirus? No sé qué es eso. A mí nadie me ha dicho nada. No sé de qué me habla. Aquí, aquí me acuesto, no le hago nada a nadie, que me sigan dejando dormir aquí”, pidió el indigente Lucio.
Por otro lado, están los indigentes del barrio “El Dique”, que se congregan en las jardineras de la calle Atenas y Venustiano Carranza para tomar aguardiente, y platicar entre ellos.
Algunos se dedican a hacer mandados en las casas, levantar basura, acomodar las cajas de verduras en algún establecimiento, y obtener a cambio unas monedas para comer un poco, y comprar aguardiente.



