Conoce la historia de la Hacienda de San José de los Molinos, en Perote, Veracruz, una finca de más de 200 años rodeada de ruinas y leyendas de fantasmas.
Xalapa, Ver. (AVC/Ana Mozo).- Entre los muros deteriorados de la Hacienda de San José de los Molinos, en Perote, sobreviven las huellas de una propiedad que tuvo molinos de trigo, una fábrica textil, tierras agrícolas y cientos de trabajadores. Hoy, sus ruinas también son escenario de leyendas sobre pasos, gritos y lamentos que supuestamente se escuchan al caer la noche.
En la comunidad de Los Molinos, este antiguo casco de hacienda conserva parte de una historia que se remonta a más de dos siglos. Quienes se acercan a conocerlo encuentran los restos de un complejo que formó parte de la economía del valle de Perote y alrededor del cual se han transmitido relatos de apariciones.
Sin embargo, detrás de las leyendas de fantasmas existe una historia documentada de trabajo, deudas, conflictos obreros y disputas por la tierra, que ayuda a comprender cómo una de las propiedades agrícolas e industriales de la región terminó convertida en ruinas.
Una hacienda de más de 200 años en el valle de Perote
La historia de San José de los Molinos está documentada en el estudio Dos haciendas veracruzanas en el siglo XIX, de la historiadora Laura Lima Muñiz, publicado en 1977 por el Instituto de Investigaciones Históricas de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).
El documento más antiguo citado en la investigación es una escritura de 1800, cuando la propiedad era conocida como Señor San José y Nuestra Señora de Belém de la Sierra de Agua.
Los registros permiten inferir que en ese lugar ya existían fincas desde mediados del siglo XVIII, lo que sitúa sus antecedentes hace más de 250 años.
Con el paso del tiempo, la propiedad adoptó el nombre de San José de los Molinos. En 1849 incorporó los ranchos de Copila, Chilcoaco y Ciénega, además del Molino de la Reforma, y se consolidó como un complejo con distintas actividades productivas.
El 31 de marzo de ese año, Manuel Pérez Almendairo compró la hacienda a Francisco Antonio de Miranda. Décadas después, en 1890, Joaquín Pérez Larrea la vendió a Juan Mier y Rubín por 100 mil pesos.
Tras la muerte de Mier y Rubín, en 1906, la propiedad pasó a su esposa, Claudina Fernández, y posteriormente a su nieto, Vicente Caso y Mier.
En mayo de 1927, este último intercambió la finca con el gobierno federal por propiedades ubicadas en Puebla y Ciudad de México. Para entonces, la hacienda estaba valuada en un millón 300 mil pesos.
De los molinos de trigo a una fábrica con 300 trabajadores
Antes de convertirse en ruinas, San José de los Molinos fue un espacio donde convivieron las actividades agrícolas con la producción industrial.
Uno de sus establecimientos era el Molino de Trigo La Reforma, conocido originalmente como Molino Viejo, que dejó de funcionar alrededor de 1898.
En sus instalaciones se estableció la fábrica de hilados y tejidos La Claudina, que comenzó a operar en 1900 y se dedicó a la elaboración de manta de algodón.
La materia prima llegaba por ferrocarril desde Torreón hasta la estación Rubín, desde donde era transportada a la fábrica.
En sus primeros años, La Claudina empleaba entre 125 y 140 trabajadores. Durante su última etapa, entre 1925 y 1928, llegó a contar con aproximadamente 300 obreros de planta.
La producción también estuvo marcada por conflictos laborales y dificultades económicas.
En 1918, la fábrica suspendió actividades durante aproximadamente un año y medio debido a la sobreproducción de manta. En 1919, los trabajadores realizaron un paro de una semana para exigir el pago de salarios atrasados.
Finalmente, La Claudina cerró en diciembre de 1928, en medio de problemas administrativos, dificultades comerciales, sobreproducción y conflictos laborales.
Cómo era la vida dentro de la Hacienda de San José de los Molinos
Los espacios que hoy forman parte de la memoria de la hacienda tuvieron funciones distintas durante sus años de actividad.
El edificio principal contaba con dos plantas donde se distribuían habitaciones, oficinas, almacenes, talleres, una escuela y otras áreas de servicio.
En sus alrededores había una capilla dedicada a San José, caballerizas, instalaciones ganaderas, un tinacal y viviendas destinadas a los peones.
Mientras los propietarios residían habitualmente en Puebla, un administrador se encargaba de dirigir las actividades de la finca.
La vida de los trabajadores estaba organizada mediante un sistema que distinguía entre peones acasillados, quienes vivían dentro de la propiedad, y jornaleros contratados temporalmente durante las siembras y cosechas.
Los peones podían acumular deudas por alimentos, ropa, enfermedades, bodas y entierros, obligaciones que en algunos casos pasaban de una generación a otra.
La tienda de raya Pilarica formaba parte de este sistema. En lugar de recibir todo su salario en efectivo, los trabajadores obtenían cupones o vales que podían intercambiar por mercancías.
La investigación histórica también documenta castigos corporales y mecanismos de vigilancia utilizados para mantener la disciplina.
Incluso la capilla, además de sus funciones religiosas, aparece en los testimonios recopilados como un espacio relacionado con la supervisión del comportamiento de los trabajadores.
Estos antecedentes permiten mirar la antigua hacienda más allá de sus construcciones y comprender las relaciones laborales que marcaron la vida de quienes la habitaron.
El ferrocarril y los bosques que sostenían la hacienda
La economía de San José de los Molinos también dependía del aprovechamiento de los recursos forestales.
Gran parte de sus terrenos estaba cubierta por pinos, oyameles, cedros y ocotes, especies utilizadas para distintas actividades productivas.
En 1909, la compañía del Ferrocarril Interoceánico de México acordó trasladar la estación ubicada dentro de la propiedad para modificar el trazado de las vías.
La nueva estación recibió el nombre de Rubín, en referencia a uno de los antiguos propietarios.
Desde ese punto se movilizaban harina, textiles, semillas y madera, además de pasajeros. La conexión ferroviaria también favoreció el cultivo de maguey destinado al abastecimiento de los mercados de pulque.
Sin embargo, la explotación forestal tuvo consecuencias ambientales.
En 1926, la hacienda fue arrendada a Enrique Fosado para actividades madereras. Durante esa etapa se realizó una tala considerable de oyameles para producir leña.
Posteriormente, un incendio forestal consumió parte de la madera cortada y árboles que permanecían en pie.
El deterioro de los bosques se sumó a los problemas económicos y a las demandas campesinas que terminaron por transformar la propiedad.
De hacienda a escuela-granja para menores
A partir de 1920, campesinos de la región comenzaron a organizarse para reclamar tierras, luego de enfrentar restricciones para continuar rentando parcelas.
La transferencia de la hacienda al gobierno federal en 1927 facilitó la fragmentación de sus terrenos agrícolas y forestales.
Parte de esas tierras se destinó a la formación de ejidos para comunidades como Sierra de Agua, Perote, Cruz Blanca y Magueyitos.
El casco de la propiedad quedó bajo el cuidado de Bienes Nacionales.
En 1949, el gobierno federal cedió al estado de Veracruz una superficie de 580 hectáreas para adaptar el inmueble como escuela-granja para menores.
Los terrenos donde había funcionado la fábrica La Claudina quedaron fuera de esa donación y fueron reservados para fines forestales.
Este episodio es importante para comprender uno de los relatos que todavía circulan alrededor del lugar.
En la tradición oral se menciona que la hacienda también fue un orfanato o una institución donde vivieron menores de edad. Sin embargo, la documentación histórica consultada permite identificar el proyecto de escuela-granja, pero no confirma todas las versiones sobre el funcionamiento del inmueble ni sobre las experiencias de los niños que supuestamente lo habitaron.
Las leyendas de fantasmas de San José de los Molinos
Con el paso de las décadas, el abandono de las construcciones dio origen a otra historia, la que cuentan los habitantes de Los Molinos sobre supuestas presencias que recorren las instalaciones.
Entre los relatos más conocidos se encuentran los de pasos que se escuchan en habitaciones vacías, gritos, ecos y lamentos que, según las versiones locales, aparecen cuando llega la noche y disminuye el movimiento en los alrededores.
Algunas historias hablan de almas que habrían quedado atrapadas entre los muros de la propiedad.
Otras relacionan los supuestos fenómenos con los menores que, de acuerdo con la tradición oral, habrían vivido en el inmueble durante su etapa como institución asistencial.
Estas narraciones han despertado el interés de personas que se acercan al lugar con la intención de conocer sus ruinas o comprobar si ocurren los fenómenos descritos por los habitantes.
No obstante, las historias de apariciones forman parte de la tradición oral y no existen elementos documentales que permitan confirmar fenómenos paranormales en la hacienda.
Lo que sí puede reconstruirse es el pasado de una propiedad que durante generaciones concentró actividades agrícolas, industriales y forestales, además de una población trabajadora sometida a condiciones laborales desiguales.
¿Dónde está la Hacienda de San José de los Molinos?
La antigua hacienda se encuentra en la comunidad de Los Molinos, en el municipio de Perote, Veracruz, dentro de una región cuya historia está vinculada con las grandes propiedades agrícolas, los antiguos caminos comerciales y el desarrollo del ferrocarril.
Para quienes tienen interés en el patrimonio histórico, conocer su historia permite reconocer las funciones que tuvieron las construcciones y comprender las transformaciones del valle de Perote entre los siglos XVIII y XX.
Debido al deterioro del inmueble, es importante no ingresar a estructuras inestables ni a zonas restringidas. Antes de realizar una visita conviene verificar las condiciones actuales de acceso y si existe autorización para recorrer el sitio.
La experiencia puede formar parte de un recorrido de turismo histórico por la región de Perote, aunque no debe considerarse un atractivo con acceso turístico formal sin verificar previamente esas condiciones.
La Hacienda de San José de los Molinos conserva dos formas de memoria: la de los archivos que documentan su actividad económica y social, y la de las leyendas que todavía circulan entre los habitantes.
Ambas permiten acercarse a un episodio de la historia de Perote y comprender cómo un antiguo centro de producción terminó convertido en parte del patrimonio y la tradición oral de Veracruz.







